Serna Arango Julián


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Plutón y los astrofilósofos
El Espectador (Arturo Guerrero)

Conferencias:


Nota de el diario El Colombiano:

FILÓSOFO SONRIENTE
por: Arturo Guerrero

La filosofía dejó de ser fuerza cuando se divorció de la poesía y se dejó atrapar por la academia. Un filósofo es hoy tan insustancial como un ilustre jurista o un honorable congresista. Barbados, casposos, curvos, inventores de metalenguajes, estos figurantes de salones y tableros son, a lo sumo, terror de adolescentes aprendices. El mundo los ningunea como antiguallas.

Por eso es extrañeza que uno de ellos se sacuda la naftalina y enrostre a sus colegas con provocaciones como esta: “la academia hace olvidable lo extraordinario”. Más asombro es que sea colombiano, de Pereira, y que en contraste con la academia proponga la verdad como lo inolvidable. En efecto, el origen de la palabra griega ‘aletheia’, verdad, alude a lo que no tiene olvido.

Julián Serna es hijo de la academia, doctor y profesor de universidades nacionales, españolas y alemanas. Sus casi sesenta años de edad le han alcanzado para publicar muchos libros de filosofías, con editoriales colombianas, mexicanas y españolas. En la Tecnológica de Pereira fascina a sus estudiantes de posgrado.

Ha estado y está en la academia filosófica, pero gracias al lenguaje se alzó como un heterodoxo. Será por eso que no pierde la sonrisa. Hace unos cuatro años optó por un género literario comprimido, muy emparentado con poesía. Es una variedad de escritura reservada a veteranos, a sabios con sedimento acumulado: el aforismo.

La semana pasada presentó en Bogotá el más reciente de sus tres tomos de aforismos, ‘Antítesis ’, publicado por Ediciones sin Nombre, de México, y en el acto definió estas frases de dos renglones como “el arte de decir mucho más de lo que está ahí”.

Uno de sus dardos traza a la vez reproche a los filósofos casposos y reto que se autoimpuso: “que el intelectual adelante una crítica de la sociedad de su tiempo, habla de su ingenio; que el eco sea escaso, de su torpeza”. Serna quiere tener eco porque sabe que su visión perturbadora de mundo e historia es alimento apremiante para el presente descarriado.

Sabe también que para conseguirlo debe proferir provocaciones, ocurrencias, palabras vagabundas, humor, ironías. Esto se lo permite el aforismo, proyectil portátil que viene cuando quiere y no cuando quiera el autor, como un poema. Es que en el sustrato fluye el lenguaje poético, “eslabón perdido entre los hombres y los dioses”.

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